Durante mucho tiempo le dijeron que ese lugar no era para ella. Que una mujer jamás hablaría en un estadio. Años después, su voz retumbó en el Coloso de Santa Úrsula anunciando finales, campeonatos y generaciones enteras de ídolos azulcremas. Nina Cervantes no solo rompió una barrera: se volvió la banda sonora de la grandeza del Club América. Esta es la historia de cómo un sueño imposible terminó convirtiéndose en eco eterno.
La primera vez que Nina Cervantes pisó un estadio y pensó “quiero trabajar aquí” no fue en el Azteca. Fue en Puebla, su ciudad, en el Estadio Cuauhtémoc, cuando escuchó la voz del sonido local y se imaginó haciendo lo mismo. En aquel momento, ese sueño parecía imposible. “Le dije al locutor: ‘Un día invítame a hablar en el estadio’. Y me dijo: ‘Estás loca, una mujer jamás ha hablado en el estadio’. Eso fue hace unos 28 o 29 años”, recordó en entrevista exclusiva con Espartanas.
Nina ya trabajaba en radio. Ya conocía el micrófono. Pero en el fútbol, ese espacio parecía tener dueño y apellido. Por eso, en lugar de pelear contra esa idea, hizo lo que hacen muchas mujeres cuando el mundo les cierra una puerta: aprendió a seguir caminando.
“Era un sueño imposible de soñar… le di vuelta a la página y no volví a pensar en eso”, confesó.
Años después, la historia le devolvió la oportunidad por otra vía: la Liga MX Femenil. En 2017, con el nacimiento de la liga y la instrucción de integrar a más mujeres en distintas áreas, llegó su prueba en el Olímpico Universitario. “Hice la prueba, me quedé… y se cumplió un pequeño sueño”, dijo. Luego vino la pausa abrupta de la pandemia, el silencio de los estadios y, con ese silencio, el inicio de un proceso que terminaría cambiándolo todo: un casting de más de cuatro meses para el ahora Estadio Banorte.
Y ahí, donde tantas historias ya habían sido gritadas antes por otras voces, Nina empezó a retumbar con la suya.

“El sueño empezó a soñarse a la par que se estaba viviendo”
El primer día que tomó el micrófono en el América se sintió como un salto directo a la memoria colectiva. No fue solo nervio. Fue algo más grande: conciencia histórica.
“Escuchar que tu voz suena en un lugar tan histórico… me acuerdo y me dan ganas de llorar… pienso en Pelé, en Maradona, en Mundiales, en Michael Jackson, en la despedida de Vicente Fernández… y decir: ‘Yo tengo la oportunidad de que me escuchen aquí’”, contó.
Pero el momento no se quedó en la emoción. Nina lo convirtió en compromiso: “Sentí un compromiso enorme… dije: esta puerta no se puede cerrar, tiene que hacerse más grande para que vengan más mujeres”.
Para ella, el nervio nunca se fue. Y eso, lejos de ser debilidad, fue el recordatorio constante de que estaba en un lugar que durante décadas se le negó a muchas. “Cumplo 30 años trabajando en la locución… y nunca he dejado de ponerme nerviosa. Pero el Estadio Banorte se cuece aparte”, relató.

“Cuando el América toca tu puerta, todo te cambia”
Hablar del América no fue, para Nina, hablar de un empleo. Fue hablar de una identidad que se le pegó a la piel. “Cuando el América toca tu puerta, todo te cambia. Y una vez que te pones esta camiseta… ya nada vuelve a ser igual”, dijo. Y soltó una frase que se queda como sentencia emocional: “El América te encuentra, porque tú no le vas: eres del América”.
Nina lo explicó desde su historia personal: ella venía de Puebla, de ir al Cuauhtémoc, de ver cómo el americanismo pintaba de amarillo un estadio que no era el suyo. “Me ardía porque decía: ‘¿cómo no se pinta de azul?’, y mira lo que son las cosas: me tocó casi 30 años después volver a mi tierra y pintarlo de amarillo como americanista”, contó.
Esa identidad se hizo aún más fuerte por la etapa que le tocó vivir: “Me toca un América maravilloso, tanto en el varonil como en el femenil. Las primeras que me toca anunciar como campeonas son a las niñas… y luego llega el tricampeonato del varonil. Me toca un América de época”.
Y con esa época llegaron esos momentos que la afición no olvida y que ella guarda como postales: el 11-0 y hasta las coincidencias que solo se ven cuando el fútbol se vuelve relato. “Cuando me cayó el veinte… el séptimo gol fue anotado por la número siete, el ocho por la ocho… y venía el de Scarlett, la 10… todas esas coincidencias históricas… me hacen tatuarme cada día más el escudo”, relató.
El estadio como una sola voz
Una de las marcas más reconocibles de su etapa fue esa búsqueda de que el estadio respondiera, cantara, se volviera parte del ritual. Nina lo dijo sin rodeos.
“El Azteca habla solo… tiene una voz única que la hacemos todos”.
Cuando asumió el reto, le dieron libertad para poner su sello. Y ella lo tuvo claro: quería un estadio que cantara alineaciones como en Europa. “Yo decía: ‘¿cómo es posible que se canten alineaciones en casi todos los estadios en Europa y aquí no?’. Lo intentamos”, explicó.
En su memoria, hay un momento que se queda grabado como un pico de comunión: “En la final de la 14, escuchar las alineaciones… y dar esos nombres… y escuchar esa voz única que la hacemos todos… ese momento es mágico”, dijo. Para Nina, ahí el estadio dejaba de ser una suma de gritos y se convertía en algo más poderoso: un solo cuerpo. “Ese era mi momentazo… en el que yo sentía que nos volvíamos una sola voz”, añadió.

En el fútbol femenil el amor se paga con amor
En la entrevista, Nina se detuvo especialmente en lo que el fútbol femenil le deja. Lo describió como un ambiente que no se repite en otro lugar. “El ambiente que tiene el fútbol femenil no lo tiene nadie en este país… es muy íntimo, muy cálido”, explicó.
Y lo comparó con una escena familiar: el final del partido como ese momento en que saludas a todos los que vinieron a verte. “Se vuelve una familia”, dijo.
Por eso, para ella, la moneda con la que se paga ese ambiente solo puede ser una: gratitud. “Amor se paga con amor… no le puedes pagar con otra moneda más que agradeciendo y estando feliz de ser tan privilegiada de haber vivido eso”.
“Grandeza”: la palabra que resume al americanismo
Cuando se le pidió definir al América en una palabra, Nina no dudó:
“Grandeza”.
Y lo explicó desde lo que para ella vuelve distinta a esta afición: exigencia sin drama, presencia que pesa, historia que se impone.
“Lo que aprendí de la afición americanista es: sí son muy exigentes, pero no son chillones”, dijo. Y remató con una idea que atraviesa todo lo que contó: con el América, te guste o no, el ruido está garantizado. “El América es la sal y la pimienta… si no llega a la liguilla, se acabó la fiesta. Mueve lo que el resto del fútbol no puede”, afirmó.
El gol que más gritó y la noche que nunca olvida
En el tramo más personal, Nina reveló el gol que más recuerda y por qué fue agridulce: el de Henry Martín que parecía meter al América a la final contra Chivas. “Fue la primera vez que lloré por el fútbol de emoción… lo estaba gritando junto con el estadio, y cuando alzaron el banderín era fuera de lugar… limpiarme las lágrimas dulces para empezar a tragarme las saladas”, contó.
También recordó un momento espontáneo que la retrata tal cual: el micrófono abierto después de un golazo de Irene Guerrero. “Empecé: ‘¡qué gol, qué guapa, guapa, guapa!’. Lo escuchó todo el estadio”, dijo entre risas.
Pero si hay una imagen que define su recuerdo más feliz, Nina vuelve a un punto exacto: “La 14, sin duda… ver la copa alzada… y anunciar por primera vez al América varonil campeón”. Y sumó el mismo peso emocional para el América Femenil: “Las primeras veces que los anuncié campeones a cada uno… sin duda el mejor momento”.

“Estoy segura que el América Femenil va a ser campeón… y ahí quiero estar”
Antes de despedirse, Nina dejó un deseo que suena a promesa: ver por fin al América Femenil campeón y vivirlo desde el otro lado, como aficionada. “Estoy segura que sí… ahí quiero estar en la barra, gritándoles… lo han trabajado mucho… hay continuidad brutal y sí se nos va a dar. Ya tiene que llegar”.
Al final, Nina cerró con lo que define este vínculo con Espartanas: cariño recíproco y memoria compartida. “Gracias a Espartanas por el cariño, el tiempo, las fotos… aquí estoy para ustedes siempre, como ustedes han estado para mí”.